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Estúpidos y aburridos (hipsters)

El ‘hipster’ usurpa partes de una historia que no conoce más allá de lo que dicen los libros sobre arte, repitiendo incansable una idea falsa: la cultura nos hace libres.
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Foto: Diego González

El barrio donde vivo está mutando hacia sorprendentes territorios. Un viejo local, con tan solo cambiar ciertos elementos, se convierte en un estupendo bar vintage. El estilo de esta época: lo viejo y antiguo conservan una rabiosa actualidad. Los nuevos empresarios son ilusionistas. La búsqueda de la autenticidad juega siempre con piezas muertas, zonas en llamas, territorios mutilados. Lo subcultural es un complicado bricolaje casi indescifrable y el pasatiempo favorito es aquél en que un hipster, tras negar tajantemente que lo sea, crítica a su veci- no porque es un “patético hipster”. Todos buscan algo que ya se sitúa en los confines del mundo y para alcanzar esos lugares primero hay que atravesar rincones ocultos, saltar tapias, burlar la noche, caminar hasta destrozar las zapatillas. O quizás no… la poesía está en todos los lugares y al mismo tiempo en ninguno, pero hemos perdido la capacidad para ver lo no visto y la experiencia diferida se prefiere a ser testigo directo.

Nos encanta soñar con turbas y disturbios, con épocas de sedición, oposición y fuego, pe- ro nos asusta el ruido, lo desconocido, la polvareda, la improvisación y el delicioso caos. En la fantasía todo se vuelve aún más fascinante. Queremos desorden y orden al mismo tiempo. Virtud y error, todo en uno. Viajar sin movernos. Solidarizarnos virtualmente.

Juguemos. Las portadas de revistas de tendencias y los estudios de sociólogos acuden a la investigación de las nuevas subculturas urbanas. Mirando hacia atrás en el tiempo, la reciente recuperación del estilo de la República de Weimar y la Alemania de los cabarés supuso un negocio sencillo e inofensivo, en el que se trabaja con una ambigüedad y libertad sexuales que son la marca de este tiempo donde toda revolución –o al menos así se nos vende– tiene que ser divertida. El estilo sobrio al mismo tiempo que sofisticado de los ‘50 (ilustrado en famosas series de televisión como Mad Men) sirve para todo. La intriga y tensión política de una década que muchos han definido, posiblemente de forma equivocada, como la más aburrida del siglo XX, fueron omitidos y acabaron en la trastienda. Hoy los pretendidamente revolucionarios bailan y sueñan con un baile infinito, y Lautreumont, con sus verdades-puños, parece esconderse en un rincón, mientras repite incansable aquella hermosa frase que decía “la poesía está en todos aquellos lugares donde no habita la sonrisa”.

Durante el período de entreguerras, una generación de blancos bohemios comenzó a interesarse por el estilo de los negros. Dominaban indiscutiblemente la escena del jazz y del bebop. Resultado de esta fascinación, surgió el hipster, el “negro blanco” de Mailer, aquel que imitaba del negro “la peligrosidad de una vida vivida siempre en presente” y el antecedente más inmediato de los beatniks de San Francisco. Los hipsters, que se pasaban las noches gastándose todo su dinero en tugurios y locales de mala muerte en zonas de la ciudad prohibidas, estaban enamorados de esa cultura negra, del jazz y su ritmo frenético, el tipo de música que los nazis habían definido como Asphaltkakophonie (“cacofonía del asfalto”).

Nicolas Galley, un exitoso profesor y experto en arte que ha creado el Máster de Estudios Avanzados en Art Market Studies, afirma tajantemente que “el mercado del arte no rechaza nada. Todo puede ser integrado de una u otra forma. El mercado ha demostrado ser capaz de sostener a todas las vanguardias del siglo XX”. Cierto. Me horroriza esa obsesión casi enfermiza por mostrarse, el afán compulsivo por revisitar lugares y ropajes. El estúpido y aburrido hipster es un ser asustado, fofo y obsesionado por la moda. Generalmente, usurpa partes de una historia que no conoce más allá de lo que dicen los libros sobre arte, repitiendo incansable una idea falsa: la cultura nos hace libres. Su presente es perpetuo; no desea en absoluto poner en circulación los fantasmas del pasado (sus héroes culturales, muchos de ellos una constelación de bohemios, drogadictos y rebeldes sociales) en medio de un presente aburrido. No es víctima de la moda, sino de sí mismo. Vive, o lo pretende, por duplicado. Lo que dice ser ya existió en el pasado, pero el doble parece ser más perfecto y correcto, más hipster.

Muy pocos son los que saben que Soo Catwoman, cuya imagen representó uno de los más potentes iconos del punk inglés, no quiso participar en el documental de Julian Temple sobre los Sex Pistols The Great Rock and Roll Swindle. Tras rechazar la oferta del director y del propio McLaren, fue sustituida por una jovencísima modelo llamada Judy Croll, que entonces contaba solamente 14 años. Croll posó desnuda e impecablemente caracterizada como Catwoman, simulando ser un cartel humano. Nadie notó la diferencia. Aún hoy hay quienes creen que Catwoman aparece en la famosa película. El engaño fue más perfecto que su original y Croll pasó a la historia como la “otra” Catwoman.

Igual que el hipster, o casi.

SERVANDO ROCHA

en Diagonal

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Historia de un incendio. Arte y Revolución en los tiempos salvajes. De la Comuna de París al advenimiento del punk

Hace ya más de un siglo y medio que Karl Marx y Friedrich Engels escribieron el Manifiesto Comunista, cuya primera frase, «un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo», se fue materializando en los años siguientes hasta convertirse en la verificación de una realidad: la del impulso decidido del movimiento obrero revolucionario por destruir el nuevo régimen surgido de la Revolución Francesa, por hacer añicos el mundo burgués. Ese fantasma recorrió efectivamente Europa durante décadas, obligando a la burguesía a mostrar su verdadera cara, a desplegar toda su sangrienta maquinaria para devolverlo a las catacumbas de las que salió. Allí descansa esperando el momento en que pueda ser de nuevo conjurado.

Casi al mismo tiempo surgía otro movimiento, el romanticismo, que también trataba de socavar las bases de ese nuevo mundo, si bien su punto de arranque era otro distinto, el del arte. Pero su visión del arte implicaba una nueva concepción del mismo y de sus relaciones con la vida, tratando de emanciparse de su reducción a mercancía de consumo de la naciente burguesía. El romanticismo puede ser considerado con justicia la primera vanguardia artística. En la vida de sus grandes animadores, más incluso que en sus obras, encontramos las notas que animaron una sinfonía que ensordeció el mundo, la del arte revolucionario. La crítica del positivismo y de la razón utilitaria, la insumisión a las formas de vida burguesa y la búsqueda incansable de un reencantamiento del mundo están en la base de la mayoría de las vanguardias del siglo XX, que se esforzarán por desarrollar en toda su plenitud ese potencial, especialmente en el período de entreguerras.

Socialismo y arte revolucionarios inician pues un camino común, pero ese camino está lleno de bifurcaciones, de senderos que no llevan a ningún sitio, de atajos que en vez de acortar distancias las alargan hasta el infinito. Es ésta una relación compleja, problemática, llena de malentendidos, de desconfianzas mutuas, de oportunidades perdidas y, finalmente, de derrotas. Pero cuando ambos caminos se cruzan, formando una encrucijada, todas las posibilidades se abren de pronto, y un fogonazo hace temblar el mundo y el fuego ilumina la noche con una claridad que deslumbra. Así sucedió durante la Comuna de París. Cuando anarquistas y socialistas se encontraron, codo a codo en las barricadas, con pintores y poetas, unos y otros comprendieron que ya nada volvería a ser igual. Nada volvió a ser igual para Courbet después de participar en la demolición de la Columna Vendôme. Nada volvió a ser igual para el joven Rimbaud. Nada podía volver a ser igual para la poesía. Ninguna revolución puede ya concebirse sin poetas, mas no para cantar sus alabanzas, sino para participar activamente en la demolición de todas las columnas, de todos los muros.

«Transformar el mundo» (Marx) y «cambiar la vida» (Rimbaud). Cuando estas dos máximas se funden, cuando aquella dimensión materialista y socialista y aquella otra fundamentalmente romántica y poética de la vida alcanzan una efectiva relación de afinidad electiva, se abre una ventana a la utopía que nos muestra que todo es posible. Así lo entendieron los surrealistas y a ello consagraron todas sus fuerzas. Así ha sucedido en breves (pero radicalmente intensos) períodos históricos. ¿Y por qué no ha de ser posible aún hoy?

El rastreo de las impresiones que esa ventana abierta al infinito de lo posible ha dejado en la historia es la pretensión de Historia de un incendio. No es éste un libro más sobre las vanguardias artísticas, pues lejos de toda falsa objetividad académica y de todo intelectualismo autocastrante, hallamos en él una mirada cómplice, apasionada y lúcida, que indaga en el pasado pensando en el presente. A través de sus páginas asistimos a vertiginosos saltos en el tiempo y en el espacio que nos trasladan de la Comuna de París al mayo setentayochista, del París de los surrealistas a la Inglaterra de los Sex Pistols, todo ello sin provocar el vértigo de lector, porque, como pocos libros hacen, aquí se le concede al lector la dignidad que le ha sido arrebatada, la de interlocutor, la de sujeto activo. Así pues, esta historia no es una historia, sino muchas historias unidas por un hilo invisible, por una mirada dialéctica al pasado que hace efectiva la fórmula benjaminiana de dar «un salto de tigre hacia el pasado», salto que permite que el pasado ilumine, aunque sea fugazmente, este presente oscuro.

Historia de un incendio no es, por tanto, una guía de movimientos artísticos o un manual de historia; es una invitación a descubrir esa «dialéctica de la ebriedad» que nos habla de la posibilidad de una vida radicalmente distinta a la que nos obligan a llevar, es un arma cargada, presta a ser utilizada. De modo que nadie busque aquí arquelogía, de lo que se habla es de revolución y de utopía y éstas siguen vivas, aunque las hayan querido enterrar. Entre sus páginas quizás podamos encontrar alguna de las claves que nos permitan completar la fórmula mistérica que, cual Golem, haga revivir a los viejos fantasmas, dotándoles de savia nueva, para volver a agitar el miedo de la burguesía.

Historia de un incendio. Arte y Revolución en los tiempos salvajes. De la Comuna de París al advenimiento del punk.

Servando Rocha  Ed.La Felguera. 2006 ISBN 9788461109678

Extraido de Rebelión

“Se trata de evocar la capacidad de aterrorizar”

Entrevista de Ramón Calandria al escritor Servando Rocha

Servando Rocha acaba de publicar su primera novela. Agitación, propaganda, contracultura, subcultura… Este escritor lleva unos cuantos años buceando en la historia olvidada de Europa.

La historia de grupos como los situacionistas, King Mob, la Angry Brigade o los estadounidenses Motherfuckers, forman parte del rastreo que la sociedad secreta La Felguera, a.k.a. editorial, está haciendo de la cultura marginada de Occidente. Servando Rocha, integrante de La Felguera, acaba de publicar la novela Mirad a vuestros verdugos, que recrea, desde la ficción, un atentado contra una furgoneta de TV en vísperas de algo parecido al partido del siglo. Por encima del ruido de fondo del bar y del viento frío que sale de una ventana abierta, hablamos con él sobre la conveniencia de que algo salte por los aires.

DIAGONAL: Uno de los aspectos recurrentes en los libros que habéis editado, así como en tu novela, es la idea del terrorismo cultural, ¿en qué consiste?

SERVANDO ROCHA: Siempre me han interesado los fenómenos políticos extremos, ya sea en el arte o en la cultura. Todos estos movimientos forman esas notas al pie de la historia oficial que permiten conocer el siglo XX. Éste se puede conocer mejor por los monstruos que creó, como es el caso del terrorismo, que por la historia oficial. Terror cultural es una expresión muy en boga desde que Hakim Bey habló de la Zona Temporalmente Autónoma. No se trata de reivindicar una forma ortodoxa de terrorismo, pero sí de evocar la capacidad de aterrorizar ya sea desde el terreno del arte, de la cultura o desde un terreno revolucionario, una capacidad que la izquierda ha perdido. Ya nada aterroriza porque ya no hay escándalo. Escándalo es la provocación, es el poder, son los casos de corrupción, es la feria Arco. Todo lo que he escrito tiene que ver con una misma historia, y es que, después de las vanguardias artísticas, después de la Segunda Guerra Mundial, surgió la subcultura en sí, nació el miedo a la gran bomba, a otro Hiroshima, el miedo a que el mundo desaparezca… Creo que la pregunta está aún sin resolver, ¿es posible una teoría del terror cultural como estrategia subversiva? Es muy complicado porque te mueves en la delgada línea de lo artístico, cuando uno detesta el arte.

D.: ¿Hay una contraposición entre la aventura, como la entiende el protagonista de tu novela, Alex Leiah, y el espectáculo como lo definió Guy Debord?

S. R.: El libro está a medio camino entre una novela policiaca y un libro de aventuras. Trata de una persona que desea, con mucha impaciencia y con mucha pasión, que sucedan aventuras en un mundo donde la aventura no es posible ya. Los situacionistas y antes los letristas decían que es necesario hacer suceder la aventura, también decían “necesitamos marcos más bellos”. La aventura hoy día es el parque temático, es el parque de atracciones, es la Fnac y pasearse mirando sus estanterías. Ahí surge el hipertexto que hay en la novela con respecto al segundo viaje a la luna: ya no hay aventuras, está todo colonizado. La aventura, quizá, consiste en lo imprevisible, en saber perderse. Aunque suene muy poético y muy surrealista, creo que es la única posibilidad.

Esto aplicado también a la política: actuar bajo la premisa del “a ver qué sucede”. El protagonista del libro no es un militante, los militantes son otros, él simplemente quiere que su vida recupere esa tensión, ese valor, que nota que ha perdido en favor del espectáculo, de la nevera, los televisores y mucho más que eso. Sí, es una antítesis, pero se da la paradoja de que casi todas las ideas situacionistas están integradas en la propia sociedad de hoy en día.

D.:No parece casual que estés recuperando a grupos como la Angry Brigade, King Mob o Los Motherfuckers, ¿ves en la situación actual un punto de partida para otro tipo de respuestas?

S. R.:Sí que es cierto que hay una intencionalidad, pero en La Felguera no hay un programa político como tal. Burroughs decía “escribir es admitir la posibilidad de que algo suceda”. Creo que nosotros intentamos eso. No tanto dar recetas, porque creo que nadie puede darlas. Por muchas recetas y profetización que se den, los acontecimientos nos superan. Lo que está claro es que la política, tal como es, se tiene que reformular, al menos en nuestra opinión. Y eso pasa por destruir la ideología: no en el sentido de la lucha de clases, que se habló cuando la caída del muro, con Fukuyama y el “fin de la historia” y todo eso, sino destruir la ideología como un código cerrado.

Creo que la mayor parte de los militantes, a pesar de que digan que esta sociedad tiene que ser destruida, se sienten satisfechos. Ellos, al igual que el resto de la gente, han admitido que ser felices no es posible, pero están satisfechos. Poca gente se plantea preguntas que le lleven a callejones sin salida. La pregunta es movediza: ¿qué hacer? Sobre todo porque se ha visto una derrota absoluta. Nunca ha habido en teoría unas condiciones tan apropiadas, no sólo para la extrema izquierda, también para la extrema derecha, pero ni unos ni otros logran reconducir ese descontento social.

D.: ¿Anticiparon estos grupos lo que sucede aquí y ahora?

S. R.: No podemos caer en el ejercicio de historicismo de copiar y pegar, pero creo que todavía tienen una parte irreductible, no recuperada. Por ejemplo, los Motherfuckers desarrollaron el concepto de banda callejera politizada. El hooliganismo intelectualizado de un grupo como King Mob… Pasó con todas las contraculturas: cuando se nombra algo pasa a entrar en un terreno seguro, se mezcla con el paisaje. Anticiparse a esa capacidad que tiene el sistema para nombrar es terriblemente complicado. Todo lo que se codifica es entendible. La derrota de estos grupos nos ha dado mucha información para ser conscientes de la importancia de anticiparse, de ver qué sucede. Ahora esa escasa oposición de los movimientos, ¿a qué se debe?, ¿a que el poder es muy potente? Es cierto, pero dudo que sea eso. Creo que el error está en repetir esas formas que dan el rédito de llevar una vida satisfecha.

Historia de otro airado

La desaparición reciente del escritor británico Alan Sillitoe ha coincidido en el tiempo con esta entrevista a Servando Rocha. El autor de Mirad a vuestros verdugos comenta que la primera parte de su novela está inspirada en la novela corta que dio a conocer a Sillitoe, La soledad del corredor de fondo (1959). La novela de Rocha evoca un Reino Unido en perfecto estado de descomposición, en el que un encargado de defender el orden puede sentirse atraído por el nihilismo, donde una pintada en los muros puede alterar la entente poco cordial establecida entre los ciudadanos-consumidores y sus verdugos.
En Diagonal

Mirad a vuestros verdugos

Los Destripadores o el temible Sindicato de la Bomba son algunos de los nombres bajo los que se oculta Alex Leiah, el protagonista de esta novela, un joven de clase trabajadora con un solo objetivo en la vida: lograr que las aventuras acontezcan en un mundo en el que la aventura ya no es posible. Durante su frenético proceso de búsqueda se sucederán todo tipo de personajes: activistas armados, la figura del enigmático líder de los vorticistas ingleses Wyndham Lewis, estudiantes tomando universidades, un implacable y obsesivo inspector de policía, una chica autora de unas terribles pintadas o un particular fantasma (el vórtice) que perseguirá a Alex durante todo el relato. Estamos en 1969, en la ciudad de Londres, y la contracultura inglesa está ya dando paso a un nuevo tipo de rebelión.

Mirad a vuestros verdugos es una novela inspirada en el atentado de un grupo anarquista contra la furgoneta de la BBC encargada de retransmitir la gala de elección de Miss Mundo.

*Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974) es ensayista, editor y abogado. Participa desde hace casi veinte años en distintas expresiones radicales relativas a la creación artística y el activismo político. Miembro fundador del Colectivo de Trabajadores Culturales La Felguera, surgido en 1996, gestiona una editorial y una revista bajo el mismo nombre.

Su trabajo se basa en lo que hace décadas se conocía como agit prop (agitación y propaganda). Sus investigaciones son una especie de recorrido a través de una historia, muchas veces casi secreta, de lo subcultural, el avant garde, la contracultura y la violencia en la cultura dominante. Servando Rocha está inmerso en una narración heterodoxa de la desviación social y los estudios culturales, donde no habla como un mero espectador sino como alguien que intenta vivir gran parte de aquello sobre lo que escribe o investiga. Desde esta posición, ha participado en foros de distinto tipo, desde centros sociales hasta universidades, y publicado artículos en diferentes revistas, fanzines y periódicos.

En los últimos años ha publicado Los días de furia: contracultura y lucha armada en los Estados Unidos (1960-1985) (La Felguera Ediciones, 2004); Historia de un Incendio. Arte y revolución en los tiempos salvajes: de la Comuna de París al advenimiento del punk (La Felguera Ediciones, 2006); Nos estamos acercando. La historia de Angry Brigade (La Felguera Ediciones, 2008) y Agotados de esperar el fín. Subculturas, estéticas y políticas del desecho (Virus Editorial, 2008). Mirad a vuestros verdugos es su primera novela.
Mirad a vuestros verdugos
Servando Rocha
Editorial La Felguera

Este y otros libros los puedes encontrar en:
Biblioteca Social hnos. Quero, C/ Acera del Triunfo 27